martes, 4 de julio de 2017

unos cuernos pero que muy bien lubricados (2)

Maite dijo esto con una expresión entre maliciosa y urgente, mientras contenía la abundante corrida dentro de ella, a pesar de que ya fluían varios chorros perlados entre sus piernas...

Manuel se acercó a ella, preparando su polla dura y brillante, dispuesto a follarse finalmente a su mujer, después de haber cedido el paso a ese par de desconocidos, que seguían allí de pie. Lo que le hizo darse cuenta de que no habían terminado con ella fue la mirada cómplice que se intercambiaron los tres, mientras los dos hombres empezaban a masturbarse lentamente, sus penes por fin flácidos...

Maite le pidió a su marido que le limpiase aquella descarga, cosa que él no se esperaba, y después de dudar unos segundos, accedió a ello, sumido en el morbo. Empezó a lamer la vulva de su esposa, sintiendo el calor y el olor que desprendía entre sus piernas. Ella le pidió que metiese la lengua, y él lo hizo obediente, mientras sentía el denso semen, mezcla de los dos sementales, que seguían masturbándose, y sus pollas empezaban a endurecerse de nuevo...

Manuel se concentró en limpiar bien a su mujer, lo cual incluía tragarse la mayor parte de la leche, y ella gemía complacida. Su marido estaba concentrado en su labor, cuando la mano de su esposa cogió parte del semen y se lo untó en el culo a Manuel. Primero le untó con el semen caliente, y luego un dedo y posteriormente dos, se colaron lentamente en su ano... Manuel no tuvo tiempo de verlo venir, y mientras estaba metido entre las piernas de su mujer, con la lengua clavada hasta el fondo de su vagina, sintió cómo resbalaba dentro de él sin piedad el pene de uno de los hombres. Tuvo un sobresalto, pero inmediatamente su mujer le pidió que se relajase, para sentir lo que ella acababa de sentir. Ella cerró las piernas atrapando la cara de su marido, mientras éste sentía cómo le sujetaban por las caderas y el pene, aún no duro del todo (menos mal), entraba poco a poco en su culo lubricado...

Él sentía cómo se lo estaban follando, lo cual acababa de ver en su mujer, y sintió la necesidad de no quejarse, de dejarse humillar, ya que no se sentía con derecho a protestar por algo que unos minutos antes le había producido tanto placer. Su pene estaba a punto de reventar, y a esas alturas la polla del amigo de su mujer ya estaba bastante dura dentro de él, resbalando casi sin dificultad, cuando ella le liberó de sus piernas, y entonces le cogió del pelo y le descubrió al otro hombre, el que tenía el pene más grande. Estaba justo delante de su cara, empezaba a tener el pene duro de nuevo, y entonces ella le pidió a su marido que le acabase de poner a tono. Manuel no tuvo elección. Con las manos del otro hombre en su cintura, folládoselo sin piedad, sólo pudo abrir la boca, y tratar de tragarse el pene del otro hombre, al que su mujer ayudó a completar la operación. Ella le frotaba los huevos, y Manuel sentía la polla poniéndose cada vez más dura en su boca.

Maite le pidió que tragase aquello, y le miraba con orgullo, mientras le frotaba el pene al ritmo de las embestidas del otro, que estaba a punto de correrse de nuevo. Manuel sentía su garganta llena con aquel pene, mientras su culo ya tragaba el otro sin problema. Su mujer se acercó a su oído y le hizo un comentario burlón, lo que provocó que se corriese en el acto, sin poder hacer nada por evitarlo. Entonces ella les dirigió a los dos hombres una especie de orden y aceleraron el ritmo en pleno orgasmo de su marido, que repentinamente sintió una descarga casi simultánea en su boca y en su culo, mientras los dos le transmitían sus espasmos...

sábado, 24 de junio de 2017

unos cuernos pero que muy bien lubricados

Manuel tenía, como muchos de sus amigos, la fantasía de ver a su mujer en manos de otro hombre, y aunque sabía que era una perversión un poco extrema, en el fondo se excitaba cada vez que se la imaginaba engañándole con otro. No sólo eso, sino que había pequeños detalles que le ponían muchísimo, como cuando quedaban con amigos, que al fin y al cabo eran otras parejas como ellos, pasados todos los 40, y notaba cómo algunos de sus amigos eran especialmente amables con Maite, o le dedicaban piropos a veces innecesarios. En esas ocasiones, Manuel sentía una mezcla de celos y orgullo, sobre todo cuando se fijaba en Marte y se daba cuenta de que ella realmente, a sus 44 años, estaba bastante buena. No sentía la necesidad de avisarla cuando sabía que en una postura cómoda en el sofá estaba enseñando las bragas, o cuando alguna vez, al inclinarse, dejaba ver más allá de la demarcación de los pantys. Al contrario, se fijaba entonces en las miradas masculinos, estando especialmente atento a algún descarado que pudiese aprovechar el momento para ver algo más...

Así que Manuel más de una vez había tenido que irse al servicio, a masturbarse, después de que su mujer, en un cruce de piernas descuidado, había enseñado algo de forma muy evidente, constatado en una mirada o expresión concreta en alguno de sus amigos...


Así que pasó el tiempo y un día Manuel le propuso a su mujer la posibilidad de hacer un trío, y esto lo hizo con todo tipo de precauciones e introducciones. Maite al principio pasó de él, y no le dio ninguna importancia al tema, pero un día, cuando Manuel menos se lo esperaba, ella le dijo que esa posibilidad le estaba resultando bastante tentadora. Se lo dijo precisamente mientras estaban haciendo el amor, y el resultado de aquello fue una inmensa corrida de su marido entre sus piernas, especialmente abundante. Maite tomó aquello por un sí, y entonces le puso una condición: él no participaría en el trío. Al menos de partida.

Manuel filmó en colores, y más cuando entendió la propuesta de su mujer en detalle. Ella elegiría a dos invitados, y se montarían una fiesta en su misma casa, en su misma cama. Ella disfrutaría de ellos dos, que tendrían vía libre para hacer de todo con ella, lo que a ella le apeteciese. Sólo cuando ella decidiese, Manuel podría participar en la fiesta, sólo entonces.

Manuel se quedó de piedra, pero el morbo le pudo absolutamente, y por supuesto dijo que sí, mientras su pene se abultaba de nuevo, y sentía la necesidad de echarle un nuevo polvo a su mujer, aún rebosante de esperma entre sus piernas... Lo que le ayudó a correrse de nuevo fue el comentario de su mujer: "aprovecha cariño, la próxima vez follarás una vagina mojada por otro"...

Manuel no pudo resistir el morbo de aquello, estuvo varios días expectante y con una excitación continua, hasta que llegó el día. Maite se fue por la tarde de casa, y le dijo que se quedase en el sofá esperándola. Su marido lo hizo obediente, y pasó las tres horas más intrigantes de su vida, mientras sentía la necesidad de masturbarse, cosa que tuvo que evitar varias veces. Su mujer se había puesto muy guapa, con minifalda y tacones, y él trataba de imaginársela... ¿qué estaría haciendo?...

A las 10 de la noche sintió la puerta de la calle, que se abrió y los tacones de su mujer le sonaron familiares. Era evidente que venía acompañada, y pudo constatarlo cuando notó cómo se paraba continuamente en el pasillo, mientras dos siluetas masculinas le metían mano, sin cortarse un pelo. Sintió algo raro, no eran exactamente celos, sino un morbo desconocido. En contra de lo que se esperaba, no eran jóvenes ni con un cuerpo 10, sino dos tipos normales y corrientes. Luego le confesó que fue directa a un bar de copas y se ligó a los dos primeros tíos que le echaron un piropo.

Maite se debía haber tomado un par de copas, porque andaba con dificultad, pero también es cierto que había dos tíos metiéndola mano y restregándose contra ella, que estaba aprisionada entre ambos. Llegaron al salón y se sentaron en el sofá, Ella se metió en medio, y ni se molestó en cerrar bien las piernas. Dejaba una vista bastante apetecible de sus braguitas, bajo los pantys negros. Los dos hombres le miraron de reojo y no dejaron de meterla mano, mientras ella le pedía a su marido que les preparase una copa. Manuel lo hizo sin rechistar, y entonces Maite le dijo a uno de ellos: "espera, que voy a buscar mis medias de la noche de bodas". Aquello le dolió a Manuel, pero entendió que formaba parte del trato. Mientras él preparaba las copas, los dos hombres se despojaban de los pantalones, y se quedaban uno en pelotas y el otro en calzoncillos. Era evidente que se iban a follar a su mujer, que apareció de repente con sus medias blancas resplandecientes, y su sujetador blanco de encaje, lo cual reconoció Manuel de la primera noche en que hicieron el amor, 20 años antes... Estaba buenísima, y el sonido de los tacones activó de nuevo a los dos hombres, que reanudaron los magreos en cuanto estuvo a mano. Ella se dejó besar y manosear por uno de ellos mientras que provocaba al otro básicamente para que su propia polla se le saliese del calzoncillo, a base de toqueteos. Manuel estaba a mil, viendo a su mujer disfrutar así...



Maite entonces se los llevó de la mano a su habitación, y sobre la cama de matrimonio les animó a follársela tal cual. A los pocos minutos los gemidos de Maite eran tan evidentes que cualquier vecino podría haber adivinado el percal, y Manuel tuvo que ver cómo su mujer cabalgaba sobre uno de los invitados, mientras el otro le metía su polla hasta la garganta. Ella parecía disfrutar como nunca, y entonces Manuel tuvo la necesidad de desnudarse y empezar a menearse el pene, que ya sentía más que duro...


Maite gemía mientras se abría a los dos desconocidos y sonreía a su marido, acalorada y jadeante. Las manos de los dos hombres recorrían sistemáticamente sus piernas brillantes, y sus pechos ya desnudos. Maite les pedía que se  corriesen dentro de ella, y el primero de ellos, el que se la estaba follando, lo hizo casi de inmediato. Soltó una serie de jadeos y entre espasmos siguió empujando hasta soltar unos buenos chorros de semen dentro de ella. Luego el otro aprovechó para follársela unos minutos, aprovechando la perfecta lubricación, y su polla (la más grande) entró sin la menor dificultad hasta el fondo de Maite, que lamía el glande del primero, dejándolo limpio y brillante. Manuel estaba al borde del orgasmo, cuando el segundo hombre gimió y soltó varios chorros adicionales dentro de su mujer...


Entonces Maite miró a su marido y le dijo:

- "Ven aquí, cariño...".

martes, 6 de diciembre de 2016

dando la talla en un encuentro ideal

Después de comer me quedo un rato en el sofá descansando, tratando de relajarme, preparándome psicológicamente para mi quedada. Me asaltan muchas dudas, la más importante es si estaré a la altura de lo que espera de mi. Tomo consciencia de que he quedado con un tío, cosa que ya de por sí es extraña. No se lo podría contar a nadie, es algo incomprensible, incluso para mí mismo que adoro a las mujeres. En cualquier caso la condición única se cumple, así que no puedo exigir ni por supuesto echarme atrás. Esa condición es que el hombre debe dejarme algo de ropa de su mujer, como parte del show. No sé si aguantaré la presión, ¿te imaginas que me voy del todo por el morbo?. Podría pasar, pero espero, una vez más, estar a la altura...

Llega la hora calculada, y me espabilo un poco. Preparo la ducha, mientras compruebo mi repertorio, por si acaso. Imagina que su mujer no es muy alta, o no me valen sus braguitas. O simplemente que no hay bragas en el pack de bienvenida... Por eso tengo un tanga, unos pantys y un sujetador listos, por si acaso.

Me ducho y trato de limpiarme bien, ante todo estar lista para lo que surja, llevo tres días sin descargar, me reservo desde que me confirmó la cita. ¿Y si no le gusto?. He avisado que no estoy depilada, pero haré lo posible por ser suave y agradable. Me seco bien y al ponerme el tanga y el sujetador ya noto mi pene duro, así que me subo los pantys y eso ayuda a contener un poco mi erección, estoy impaciente. No puedo evitar pasarme las manos por el culito, es agradable, pantys marrones, uffff......

Cojo preservativos, me pongo ropa de hombre y salgo disparada. En poco tiempo estoy en el lugar acordado, su casa, en un barrio poco frecuente para mí, por fortuna. Me late el corazón a mil, como cada vez que hago algo así. Ya estoy arriba, y al abrirse la puerta me pongo cardíaca. Un hombre normal me recibe, y aunque le noto un poco nervioso, me da tranquilidad el hecho de no notar rechazo en su primera mirada. Más bien lo contrario, es majo y me recibe con voz baja, haciéndome pasar rápido. Yo colaboro y discretamente le sigo. De camino al salón calculo la belleza de su pareja, en base a su aspecto. Ella debe ser normal, guapa probablemente, madura seguro, él tiene unos 47 años. Me ofrece algo de beber, y acepto aunque espero empezar cuanto antes. Me muestra el dormitorio y sobre la cama veo varias prendas. Algo naranja, unos pantys negros y un par de tangas...

Le susurro que se relaje, adoptando el papel activo, y me acerco a la cama, mientras le noto sentarse en el sofá, con la copa en la mano. Me acerco y veo un vestido muy elástico (bien!), un tanga negro y una braga blanca, unos pantys negros, y también un sujetador negro. Entonces oigo a mi espalda:

- "Ella está buenísima, tenías que verla, pero hace tiempo que no tenemos nada de sexo, espero que cumplas eso que me has prometido de ponérmela dura, eso es todo tuyo". Y se vuelve al salón.

Noto la presión, y no tardo ni 5 minutos en desnudarme completamente y ponerme la ropa de ella, siento mi pene duro y ansioso, es un morbo indescriptible que espero poder transmitirle a su marido... Esos minutos en el dormitorio desconocido donde tantos polvos habrán echado, ufff....

Me coloco el vestido y mientras me miro al espejo descubro que la braga blanca que he dejado ahí tiene un pequeño cerco amarillento en la entrepierna. Está usada por ella!...

Empiezo a andar hacia el salón, y entonces decido llamarle, me gusta más la habitación. Me dice que en principio no le gustaría hacer nada en la cama, lo acepto por respeto a ella, y le digo que no se preocupe. Sobre la alfombra empiezo a moverme, contoneándome y acariciándome las piernas y las caderas delante de él. Noto mis pezones duros bajo el sujetador, y entonces veo que él se sienta sobre la cama y empieza a mirarme, sobre todo el culo. Le susurro que puede tocarse, en un alarde de valentía que no sé de dónde saco. Mientras tanto sigo mi contoneo y me inclino, para dejar entrever un upskirt provocador. Él empieza a frotarse a través del pantalón, y yo procuro que se me note la marca del pene duro bajo la falda...

El vestido me encanta, y noto que me siento muy a gusto provocándole, ya se le nota el pene duro, y claro, es cuestión de tiempo que se lo saque y empiece a masturbarse. No sé a dónde vamos a llegar, pero ya veo factible el objetivo de darle morbo y ponérsela dura. Me llevo la braga de su mujer a la boca y noto cómo mi pene se sale del tanga, bajo los pantys, resbalando por el líquido preseminal.

Entonces veo que se me acerca, y le animo a tocarme, cojo su mano y me la pongo en la entrepierna, noto que el morbo le puede, y le digo que puede tocar lo que quiera, que me considere como a su mujer. Eso le anima, y empieza a meterme mano por todos lados, primero me soba el culo, luego pasa por mi entrepierna, juguetea con mi pene apretado, y luego me pellizca los pezones. Su respiración crece de ritmo, me pone más caliente a mi, y noto que esto se precipita, pero estoy tan a gusto que me dejo hacer, excepto besos, aquí hay de todo...

Se agacha y me mira desde abajo como para verme las bragas, es un fetichista ideal, me encanta coincidir en los gustos con él, cada vez estoy más dispuesta a dejarme llevar. Su respiración se acelera y no sabe dónde tocar, deseo aliviarle, me apetece ponérselo fácil. Le digo al oído, con delicadeza que no se reprima, que soy su putita para todo. Me susurra algo tipo "no me reconozco, pero me puede el morbo", y entonces me inclino hacia delante y pego mi culo a su pene, cojo un preservativo y le animo a ponérselo. Lo hace y entonces me pongo de rodillas y hago mi mejor felación, sintiendo su glande casi explotar en mi boca. Quiero DESEO que me penetre, y me abro un agujero en los pantys. Lo justo para que me ponga la punta, que ya he dejado llena de saliva. También me he lubricado bien en casa, así que cuando le noto buscar mi agujerito, tardamos poco tiempo en coger un ritmo al que no aspiraba en un principio, pero que ahora me parece super agradable. Me está follando como a su mujercita.
A cada embestida desesperada, siento mi pene resbalar dentro de los pantys, y cuando empieza a gemir y a llamarme cariño, y a decir lo caliente que le he puesto, noto que estoy a un paso de correrme. No sé cómo consigo aguantar, y cuando veo que ya está a punto, me arrodillo rápidamente y le cojo el pene en mis manos, muy cerca de mi cara, y le masturbo desesperadamente, mientras noto cómo me sobreviene el orgasmo, y me descargo con el roce de los pantys en mi pene, llenandose mi entrepierna de semen caliente, mientras él ahoga un gemido y se corre también, salpicándome la cara de lado, a pesar de que siento la necesidad imperiosa de recibir al menos una salpicadura en mi boca. El calor de su semen me golpea los labios, y entonces hago lo contrario a lo que desearía, que es tragármelo como esas actrices porno. Escupo todo y noto cómo me resbala por la barbilla y el cuello el fruto del calentón que yo misma he provocado en él. Como una auténtica.... putita.