Manuel tenía, como muchos de sus amigos, la fantasía de ver a su mujer en manos de otro hombre, y aunque sabía que era una perversión un poco extrema, en el fondo se excitaba cada vez que se la imaginaba engañándole con otro. No sólo eso, sino que había pequeños detalles que le ponían muchísimo, como cuando quedaban con amigos, que al fin y al cabo eran otras parejas como ellos, pasados todos los 40, y notaba cómo algunos de sus amigos eran especialmente amables con Maite, o le dedicaban piropos a veces innecesarios. En esas ocasiones, Manuel sentía una mezcla de celos y orgullo, sobre todo cuando se fijaba en Marte y se daba cuenta de que ella realmente, a sus 44 años, estaba bastante buena. No sentía la necesidad de avisarla cuando sabía que en una postura cómoda en el sofá estaba enseñando las bragas, o cuando alguna vez, al inclinarse, dejaba ver más allá de la demarcación de los pantys. Al contrario, se fijaba entonces en las miradas masculinos, estando especialmente atento a algún descarado que pudiese aprovechar el momento para ver algo más...
Así que Manuel más de una vez había tenido que irse al servicio, a masturbarse, después de que su mujer, en un cruce de piernas descuidado, había enseñado algo de forma muy evidente, constatado en una mirada o expresión concreta en alguno de sus amigos...
Así que pasó el tiempo y un día Manuel le propuso a su mujer la posibilidad de hacer un trío, y esto lo hizo con todo tipo de precauciones e introducciones. Maite al principio pasó de él, y no le dio ninguna importancia al tema, pero un día, cuando Manuel menos se lo esperaba, ella le dijo que esa posibilidad le estaba resultando bastante tentadora. Se lo dijo precisamente mientras estaban haciendo el amor, y el resultado de aquello fue una inmensa corrida de su marido entre sus piernas, especialmente abundante. Maite tomó aquello por un sí, y entonces le puso una condición: él no participaría en el trío. Al menos de partida.
Manuel filmó en colores, y más cuando entendió la propuesta de su mujer en detalle. Ella elegiría a dos invitados, y se montarían una fiesta en su misma casa, en su misma cama. Ella disfrutaría de ellos dos, que tendrían vía libre para hacer de todo con ella, lo que a ella le apeteciese. Sólo cuando ella decidiese, Manuel podría participar en la fiesta, sólo entonces.
Manuel se quedó de piedra, pero el morbo le pudo absolutamente, y por supuesto dijo que sí, mientras su pene se abultaba de nuevo, y sentía la necesidad de echarle un nuevo polvo a su mujer, aún rebosante de esperma entre sus piernas... Lo que le ayudó a correrse de nuevo fue el comentario de su mujer: "aprovecha cariño, la próxima vez follarás una vagina mojada por otro"...
Manuel no pudo resistir el morbo de aquello, estuvo varios días expectante y con una excitación continua, hasta que llegó el día. Maite se fue por la tarde de casa, y le dijo que se quedase en el sofá esperándola. Su marido lo hizo obediente, y pasó las tres horas más intrigantes de su vida, mientras sentía la necesidad de masturbarse, cosa que tuvo que evitar varias veces. Su mujer se había puesto muy guapa, con minifalda y tacones, y él trataba de imaginársela... ¿qué estaría haciendo?...
A las 10 de la noche sintió la puerta de la calle, que se abrió y los tacones de su mujer le sonaron familiares. Era evidente que venía acompañada, y pudo constatarlo cuando notó cómo se paraba continuamente en el pasillo, mientras dos siluetas masculinas le metían mano, sin cortarse un pelo. Sintió algo raro, no eran exactamente celos, sino un morbo desconocido. En contra de lo que se esperaba, no eran jóvenes ni con un cuerpo 10, sino dos tipos normales y corrientes. Luego le confesó que fue directa a un bar de copas y se ligó a los dos primeros tíos que le echaron un piropo.
Maite se debía haber tomado un par de copas, porque andaba con dificultad, pero también es cierto que había dos tíos metiéndola mano y restregándose contra ella, que estaba aprisionada entre ambos. Llegaron al salón y se sentaron en el sofá, Ella se metió en medio, y ni se molestó en cerrar bien las piernas. Dejaba una vista bastante apetecible de sus braguitas, bajo los pantys negros. Los dos hombres le miraron de reojo y no dejaron de meterla mano, mientras ella le pedía a su marido que les preparase una copa. Manuel lo hizo sin rechistar, y entonces Maite le dijo a uno de ellos: "espera, que voy a buscar mis medias de la noche de bodas". Aquello le dolió a Manuel, pero entendió que formaba parte del trato. Mientras él preparaba las copas, los dos hombres se despojaban de los pantalones, y se quedaban uno en pelotas y el otro en calzoncillos. Era evidente que se iban a follar a su mujer, que apareció de repente con sus medias blancas resplandecientes, y su sujetador blanco de encaje, lo cual reconoció Manuel de la primera noche en que hicieron el amor, 20 años antes... Estaba buenísima, y el sonido de los tacones activó de nuevo a los dos hombres, que reanudaron los magreos en cuanto estuvo a mano. Ella se dejó besar y manosear por uno de ellos mientras que provocaba al otro básicamente para que su propia polla se le saliese del calzoncillo, a base de toqueteos. Manuel estaba a mil, viendo a su mujer disfrutar así...
Maite entonces se los llevó de la mano a su habitación, y sobre la cama de matrimonio les animó a follársela tal cual. A los pocos minutos los gemidos de Maite eran tan evidentes que cualquier vecino podría haber adivinado el percal, y Manuel tuvo que ver cómo su mujer cabalgaba sobre uno de los invitados, mientras el otro le metía su polla hasta la garganta. Ella parecía disfrutar como nunca, y entonces Manuel tuvo la necesidad de desnudarse y empezar a menearse el pene, que ya sentía más que duro...
Maite gemía mientras se abría a los dos desconocidos y sonreía a su marido, acalorada y jadeante. Las manos de los dos hombres recorrían sistemáticamente sus piernas brillantes, y sus pechos ya desnudos. Maite les pedía que se corriesen dentro de ella, y el primero de ellos, el que se la estaba follando, lo hizo casi de inmediato. Soltó una serie de jadeos y entre espasmos siguió empujando hasta soltar unos buenos chorros de semen dentro de ella. Luego el otro aprovechó para follársela unos minutos, aprovechando la perfecta lubricación, y su polla (la más grande) entró sin la menor dificultad hasta el fondo de Maite, que lamía el glande del primero, dejándolo limpio y brillante. Manuel estaba al borde del orgasmo, cuando el segundo hombre gimió y soltó varios chorros adicionales dentro de su mujer...
Entonces Maite miró a su marido y le dijo:
- "Ven aquí, cariño...".
Así que Manuel más de una vez había tenido que irse al servicio, a masturbarse, después de que su mujer, en un cruce de piernas descuidado, había enseñado algo de forma muy evidente, constatado en una mirada o expresión concreta en alguno de sus amigos...
Así que pasó el tiempo y un día Manuel le propuso a su mujer la posibilidad de hacer un trío, y esto lo hizo con todo tipo de precauciones e introducciones. Maite al principio pasó de él, y no le dio ninguna importancia al tema, pero un día, cuando Manuel menos se lo esperaba, ella le dijo que esa posibilidad le estaba resultando bastante tentadora. Se lo dijo precisamente mientras estaban haciendo el amor, y el resultado de aquello fue una inmensa corrida de su marido entre sus piernas, especialmente abundante. Maite tomó aquello por un sí, y entonces le puso una condición: él no participaría en el trío. Al menos de partida.
Manuel filmó en colores, y más cuando entendió la propuesta de su mujer en detalle. Ella elegiría a dos invitados, y se montarían una fiesta en su misma casa, en su misma cama. Ella disfrutaría de ellos dos, que tendrían vía libre para hacer de todo con ella, lo que a ella le apeteciese. Sólo cuando ella decidiese, Manuel podría participar en la fiesta, sólo entonces.
Manuel se quedó de piedra, pero el morbo le pudo absolutamente, y por supuesto dijo que sí, mientras su pene se abultaba de nuevo, y sentía la necesidad de echarle un nuevo polvo a su mujer, aún rebosante de esperma entre sus piernas... Lo que le ayudó a correrse de nuevo fue el comentario de su mujer: "aprovecha cariño, la próxima vez follarás una vagina mojada por otro"...
Manuel no pudo resistir el morbo de aquello, estuvo varios días expectante y con una excitación continua, hasta que llegó el día. Maite se fue por la tarde de casa, y le dijo que se quedase en el sofá esperándola. Su marido lo hizo obediente, y pasó las tres horas más intrigantes de su vida, mientras sentía la necesidad de masturbarse, cosa que tuvo que evitar varias veces. Su mujer se había puesto muy guapa, con minifalda y tacones, y él trataba de imaginársela... ¿qué estaría haciendo?...
A las 10 de la noche sintió la puerta de la calle, que se abrió y los tacones de su mujer le sonaron familiares. Era evidente que venía acompañada, y pudo constatarlo cuando notó cómo se paraba continuamente en el pasillo, mientras dos siluetas masculinas le metían mano, sin cortarse un pelo. Sintió algo raro, no eran exactamente celos, sino un morbo desconocido. En contra de lo que se esperaba, no eran jóvenes ni con un cuerpo 10, sino dos tipos normales y corrientes. Luego le confesó que fue directa a un bar de copas y se ligó a los dos primeros tíos que le echaron un piropo.
Maite se debía haber tomado un par de copas, porque andaba con dificultad, pero también es cierto que había dos tíos metiéndola mano y restregándose contra ella, que estaba aprisionada entre ambos. Llegaron al salón y se sentaron en el sofá, Ella se metió en medio, y ni se molestó en cerrar bien las piernas. Dejaba una vista bastante apetecible de sus braguitas, bajo los pantys negros. Los dos hombres le miraron de reojo y no dejaron de meterla mano, mientras ella le pedía a su marido que les preparase una copa. Manuel lo hizo sin rechistar, y entonces Maite le dijo a uno de ellos: "espera, que voy a buscar mis medias de la noche de bodas". Aquello le dolió a Manuel, pero entendió que formaba parte del trato. Mientras él preparaba las copas, los dos hombres se despojaban de los pantalones, y se quedaban uno en pelotas y el otro en calzoncillos. Era evidente que se iban a follar a su mujer, que apareció de repente con sus medias blancas resplandecientes, y su sujetador blanco de encaje, lo cual reconoció Manuel de la primera noche en que hicieron el amor, 20 años antes... Estaba buenísima, y el sonido de los tacones activó de nuevo a los dos hombres, que reanudaron los magreos en cuanto estuvo a mano. Ella se dejó besar y manosear por uno de ellos mientras que provocaba al otro básicamente para que su propia polla se le saliese del calzoncillo, a base de toqueteos. Manuel estaba a mil, viendo a su mujer disfrutar así...
Maite entonces se los llevó de la mano a su habitación, y sobre la cama de matrimonio les animó a follársela tal cual. A los pocos minutos los gemidos de Maite eran tan evidentes que cualquier vecino podría haber adivinado el percal, y Manuel tuvo que ver cómo su mujer cabalgaba sobre uno de los invitados, mientras el otro le metía su polla hasta la garganta. Ella parecía disfrutar como nunca, y entonces Manuel tuvo la necesidad de desnudarse y empezar a menearse el pene, que ya sentía más que duro...
Maite gemía mientras se abría a los dos desconocidos y sonreía a su marido, acalorada y jadeante. Las manos de los dos hombres recorrían sistemáticamente sus piernas brillantes, y sus pechos ya desnudos. Maite les pedía que se corriesen dentro de ella, y el primero de ellos, el que se la estaba follando, lo hizo casi de inmediato. Soltó una serie de jadeos y entre espasmos siguió empujando hasta soltar unos buenos chorros de semen dentro de ella. Luego el otro aprovechó para follársela unos minutos, aprovechando la perfecta lubricación, y su polla (la más grande) entró sin la menor dificultad hasta el fondo de Maite, que lamía el glande del primero, dejándolo limpio y brillante. Manuel estaba al borde del orgasmo, cuando el segundo hombre gimió y soltó varios chorros adicionales dentro de su mujer...
Entonces Maite miró a su marido y le dijo:
- "Ven aquí, cariño...".


